Viernes, 28 de Abril de 1944

Querida Kitty:

Nunca he olvidado aquella vez en que soñé con Peter Schiff (veáse principios de enero). Cuando me vuelve a la memoria, aún hoy siento su mejilla contra la mía, y esa sensación maravillosa que lo arreglaba todo. Aquí también he tenido alguna vez esa sensación con Peter, pero nunca en tal medida, hasta... anoche, cuando está­bamos sentados juntos en el diván, abrazados, como de costumbre. En ese momento la Ana habitual se esfumó de repente, y en su lu­gar apareció la segunda Ana, esa segunda Ana que no es temeraria y divertida, sino que tan sólo quiere amar y ser tierna.
Estaba sentada pegada a él y sentí cómo crecía mi emoción, se me llenaban los ojos de lágrimas, la de la izquierda le cayó en el mono a Peter, la de la derecha me resbaló por la nariz, voló por el aire y también fue a parar al mono. ¿Se habrá dado cuenta? Nin­gún movimiento lo reveló. ¿Sentirá igual que yo? Tampoco dijo casi palabra. ¿Sabrá que tiene frente a sí a dos Anas? Son todas preguntas sin responder.
A las ocho y media me levanté y me acerqué a la ventana, donde siempre nos despedimos. Todavía temblaba, aún era la segunda Ana, él se me acercó, yo lo abracé a la altura del cuello y le di un beso en la mejilla izquierda. Justo cuando quería hacer lo mismo en la derecha, mi boca se topó con la suya y nos dimos el beso allí. Embriagados nos apretamos el uno contra el otro, una y otra vez, hasta nunca acabar, ¡ay!

A Peter le hace falta algo de cariño, por primera vez en su vida ha descubierto a una chica, ha visto por primera vez que las chicas que más bromean tienen también su lado interior y un corazón, y
que cambian a partir del momento en que están a solas contigo. Por primera vez en su vida ha dado su amistad y se ha dado a sí mismo; nunca antes ha tenido un amigo o una amiga. Ahora nos hemos encontrado los dos, yo tampoco le conocía, ni había te­nido nunca un confidente, y esto es lo que ha resultado de ello...
Otra vez la pregunta no deja de perseguirme: ¿Está bien? ¿Está bien que ceda tan pronto, que sea impetuosa, tan impe­tuosa y tan ansiosa como el propio Peter? ¿Puedo dejarme llevar de esa manera, siendo una chica?
Sólo existe una respuesta: estaba deseándolo tanto y desde hace tanto tiempo... Estaba tan sola, ¡y ahora he encontrado un consuelo!

Por la mañana estamos normales, por la tarde también bas­tante, salvo algún caso aislado, pero por la noche vuelve a surgir el deseo contenido durante todo el día, la dicha y la gloria de to­das las veces anteriores, y cada cual sólo piensa en el otro. Cada noche, después del último beso, querría salir corriendo, no vol­ver a mirarle a los ojos, irme lejos, para estar sola en la oscu­ridad.
¿Y qué me espera después de bajar los catorce escalones? La plena luz, preguntas por aquí y risitas por allá, debo actuar y di­simular.
Tengo aún el corazón demasiado sensible como para quitarme de encima un golpe como el de anoche. La Ana blanda aparece muy pocas veces y no se deja mandar a paseo tan pronto. Peter me ha herido como jamás me han herido en mi vida, salvo en sueños. Me ha zarandeado, ha sacado hacia fuera mi parte inte­rior, y entonces ¿no es lógico que una quiera estar tranquila para restablecerse por dentro? ¡Ay, Peter! ¿Qué me has hecho? ¿Qué quieres de mí?
¿Adónde iremos a parar? ¡Ay, ahora entiendo a Bep! Ahora que estoy pasando por esto, entiendo sus dudas. Si Peter fuera mayor y quisiera casarse conmigo, ¿qué le contestaría? ¡Ana, di la verdad! No podrías casarte con él, pero también es difícil de­jarle ir. Peter tiene aún poco carácter, poca voluntad, poco valor y poca fuerza. Es un niño aún, no mayor que yo por dentro; sólo quiere encontrar la tranquilidad y la dicha.
¿De verdad sólo tengo catorce años? ¿De verdad no soy más que una colegiala tonta? ¿De verdad soy aún tan inexperta en todo? Tengo más experiencia que los demás, he vivido algo que s casi nadie conoce a mi edad.
Me tengo miedo a mí misma, tengo miedo de que, impulsada y por el deseo, me entregue demasiado pronto. ¿Qué debo hacer para que no me pase nada malo con otros chicos en el futuro? ¡Ay, qué difícil es! Siempre está esa lucha entre el corazón y la razón, hay que escuchar la voz de ambos a su debido tiempo, pero ¿cómo saber a ciencia cierta si he escogido el buen mo­mento?

Tu Ana M. Frank
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