Martes, 2 de Mayo de 1944

Querida Kitty:

El sábado por la noche le pregunté a Peter si le parecía que debía contarle a papá lo nuestro, y tras algunas idas y venidas le pareció que sí. Me alegré, porque es una señal de su buen sentir. En seguida después de bajar, acompañé a papá a buscar agua, y ya en la escalera le dije:
-Papá, como te imaginarás, cuando Peter y yo estamos jun­tos, hay menos de un metro de distancia entre los dos. ¿Te pa­rece mal?
Papá no contestó en seguida, pero luego dijo:
-No, mal no me parece, Ana; pero aquí, en este espacio tan á reducido, debes tener cuidado.
Dijo algo más por el estilo, y luego nos fuimos arriba.
El domingo por la mañana me llamó y me dijo:
-Ana, lo he estado pensando (¡ya me lo temía!); en realidad creo que aquí, en la Casa de atrás, lo vuestro no es conveniente; pensé que sólo erais compañeros. ¿Peter está enamorado?
-¡Nada de eso! -contesté.
-Mira, Ana, tú sabes que os comprendo muy bien, pero tie­nes que ser prudente; no subas tanto a su habitación, no le ani­mes más de lo necesario. En estas cosas el hombre siempre es el activo, la mujer puede frenar. Fuera, al aire libre, es otra cosa to­talmente distinta; ves a otros chicos y chicas, puedes marcharte cuando quieres, hacer deporte y demás; aquí, en cambio, cuando estás mucho tiempo juntos y quieres marcharte, no puedes, te
ves a todas horas, por no decir siempre. Ten cuidado, Ana, y no te lo tomes demasiado en serio.
-No, papá. Pero Peter es decente, y es un buen chico.
-Sí, pero no es fuerte de carácter; se deja influenciar fácilmente hacia el lado bueno, pero también hacia el lado malo. Espero por él que siga siendo bueno, porque lo es por naturaleza.
Seguimos hablando un poco y quedamos en que también le, ha­blaría a Peter.
El domingo por la tarde, en el desván de delante, Peter me pre­guntó:
-¿Y qué, Ana, has hablado con tu padre?
-Sí -le contesté-. Te diré lo que me ha dicho. No le parece mal, pero dice que aquí, al estar unos tan encima de otros, es fácil que tengamos algún encontronazo.
-Pero si hemos quedado en que no habría peleas entre noso­tros, y yo estoy dispuesto a respetar nuestro acuerdo.
-También yo, Peter, pero papá no sabía lo que había entre no­sotros, creía que sólo éramos compañeros. ¿Crees que eso ya no es posible?
-Yo sí, ¿y tú?
-Yo también. Y también le he dicho a papá que confiaba en ti. Confío en ti, Peter, tanto como en papá, y creo que te mereces mi confianza, ¿no es así?
-Espero que sí. (Lo dijo muy tímidamente y poniéndose me­dio colorado.)
-Creo en ti, Peter -continué diciendo-. Creo que tienes un buen carácter y que te abrirás camino en el mundo.
Luego hablamos sobre otras cosas, y más tarde le dije:
-Si algún día salimos de aquí, sé que no te interesarás más por mí.
Se le subió la sangre a la cabeza:
-¡Eso sí que no es cierto, Ana! ¿Cómo puedes pensar eso de mí?
En ese momento nos llamaron.

Papá habló con él, me lo dijo el lunes.
-Tu padre cree que en algún momento nuestro compañerismo podría desembocar en amor -dijo-. Pero le contesté que sabre­mos contenernos.
Papá ahora quiere que por las noches suba menos a ver a Peter, pero yo no quiero. No es sólo que me gusta estar con él, sino que también le he dicho que confío en él. Y es que confío en él, y quiero demostrárselo, pero nunca lo lograría quedándome abajo por falta de confianza.
¡No señor, subiré!

Entretanto se ha arreglado el drama de Dussel. El sábado por la noche, a la mesa, presentó sus disculpas en correcto holandés. Van Daan en seguida se dio por satisfecho. Seguro que Dussel se pasó el día estudiando su discurso.
El domingo, día de su cumpleaños, pasó sin sobresaltos. Noso­tros le regalamos una botella de vino de 1919, los Van Daan -que ahora podían darle su regalo - un tarro de piccalilly y un paquete de hojas de afeitar, Kugler una botella de limonada, Miep un libro, El pequeño Martín, y Bep una planta. Él nos convidó a un huevo para cada uno.

Tu Ana M. Frank
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