Martes, 13 de Julio de 1943

El mejor escritorio.

Ayer por la tarde le pregunté a Dussel, con permiso de papá (y de forma bastante educada, me parece), si por favor estaría de acuerdo en que dos veces por semana, de cuatro a cinco y media de la tarde, yo hiciera uso del pequeño escritorio de nuestra habi­tación. Ya escribo ahí todos los días de dos y media a cuatro mien­tras Dussel duerme la siesta; a otras horas la habitación y el escri­torio son zona prohibida para mí. En el cuarto de estar común hay demasiado alboroto por las tardes; ahí uno no se puede concen­trar, y además también a papá le gusta sentarse a escribir en el es­critorio grande por las tardes.Por lo tanto, el motivo era bastante razonable y mi ruego una mera cuestión de cortesía. Pero, ¿a que no sabes lo que contestó el distinguido señor Dussel?-No.¡Dijo lisa y llanamente que no!Yo estaba indignada y no lo dejé ahí. Le pregunté cuáles eran sus motivos para decirme que no y me llevé un chasco. Fíjate cómo arremetió contra mí:-Yo también necesito el escritorio. Si no puedo disponer de él por la tarde no me queda nada de tiempo. Tengo que poder escri­bir mi cuota diaria, si no todo mi trabajo habrá sido en balde. De todos modos, tus tareas no son serias. La mitología, qué clase de tarea es ésa, y hacer punto y leer tampoco son tareas serias. De modo que el escritorio lo seguiré usando yo.Mi respuesta fue:-Señor Dussel, mis tareas sí que son serias. En el cuarto de es­tar, por las tardes no me puedo concentrar, así que le ruego enca­recidamente que vuelva a considerar mi petición.Tras pronunciar estas palabras, Ana se volvió ofendida e hizo como si el distinguido doctor no existiera. Estaba fuera de mí de rabia. Dussel me pareció un gran maleducado (lo que en verdad era) y me pareció que yo misma había estado muy cortés Por la noche, cuando logré hablar un momento con Pim, le conté cómo había terminado todo y le pregunté qué debía hacer ahora, porque no quería darme por vencida y prefería arreglar la cuestión yo sola. Pim me explicó más o menos cómo debía enca­rar el asunto, pero me recomendó que esperara hasta el otro día, dado mi estado de exaltación. Desoí este último consejo, y des­pués de fregar los platos me senté a esperar a Dussel. Pim estaba en la habitación contigua, lo que me daba una gran tranquilidad.Empecé diciendo:-Señor Dussel, creo que a usted no le ha parecido que valiera la pena hablar con más detenimiento sobre el asunto; sin embargo, le ruego que lo haga.Entonces, con su mejor sonrisa, Dussel comentó:-Siempre y en todo momento estaré dispuesto a hablar sobre este asunto ya zanjado.Seguí con la conversación, interrumpida continuamente por Dussel:-Al principio, cuando usted vino aquí, convinimos en que esta habitación sería de los dos. Si el reparto fuera equitativo, a usted le corresponderían las mañanas y a mí todas las tardes. Pero yo ni siquiera le pido eso, y por lo tanto me parece que dos tardes a la semana es de lo más razonable.En ese momento Dussel saltó como pinchado por un alfiler:-¿De qué reparto equitativo me estás hablando? ¿Adónde he de irme entonces? Tendré que pedirle al señor Van Daan que me construya una caseta en el desván, para que pueda sentarme allí. ¡Será posible que no pueda trabajar tranquilo en ninguna parte, y que uno tenga que estar siempre peleándose contigo! Si la que me lo pidiera fuera tu hermana Margot, que tendría más motivos que tú para hacerlo, ni se me ocurriría negárselo, pero tú...Y luego siguió la misma historia sobre la mitología y el hacer punto, y Ana volvió a ofenderse. Sin embargo, hice que no se me notara y dejé que Dussel acabara:-Pero ya está visto que contigo no se puede hablar. Eres una tremenda egoísta. Con tal de salirte con la tuya, los demás que re­vienten. Nunca he visto una niña igual. Pero al final me veré obli­gado a darte el gusto; si no, en algún momento me dirán que a Ana Frank la suspendieron porque el señor Dussel no le quería ceder el escritorio.El hombre hablaba y hablaba. Era tal la avalancha de palabras que al final me perdí. Había momentos en que pensaba: «¡Le voy a j dar un sopapo que va a ir a parar con todas sus mentiras contra la pared!», y otros en que me decía a mí misma: «Tranquilízate. Ese tipo no se merece que te sulfures tanto por su culpa.»Por fin Dussel terminó de desahogarse y, con una cara en la que se leía el enojo y el triunfo al mismo tiempo, salió de la habitación con su abrigo lleno de alimentos.Corrí a ver a papá y a contarle toda la historia, en la medida en que no la había oído ya. Pim decidió hablar con Dussel esa misma noche, y así fue. Estuvieron más de media hora hablando. Primero hablaron sobre si Ana debía disponer del escritorio o no. Papá le dijo que ya habían hablado sobre el tema, pero que en aquella oca­sión le había dado supuestamente la razón a Dussel para no dár­sela a una niña frente a un adulto, pero que tampoco en ese mo­mento a papá le había parecido razonable. Dussel respondió que yo no debía hablar como si él fuera un intruso que tratara de apo­derarse de todo, pero aquí papá le contradijo con firmeza, porque en ningún momento me había oído a mí decir eso. Así estuvieron un tiempo discutiendo: papá defendiendo mi egoísmo y mis «tareítas», y Dussel refunfuñando todo el tiempo.Finalmente Dussel tuvo que ceder, y se me concedieron dos tardes por semana para dedicarme a mis tareas sin ser molestada. Dussel puso cara de mártir, no habló durante dos días y, como un 1 niño, fue a ocupar el escritorio de cinco a cinco y media, antes de la hora de cenar. A una persona de 54 años que todavía tiene hábitos tan pedantes y mezquinos, la naturaleza la ha hecho así, y ya nunca se le quitarán.
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