Miércoles, 3 de Noviembre de 1943

Querida Kitty:

Para proporcionarnos un poco de distracción y conocimien­tos, papá ha pedido un folleto de los cursos por correspondencia de Leiden. Margot estuvo hojeando el voluminoso librito como tres veces, sin encontrar nada que le interesara y a la medida de su presupuesto. Papá fue más rápido en decidirse, y quiso recibir a la institución para solicitar una clase de prueba de «Latín ele­mental». Dicho y hecho. La clase llegó, Margot se puso a estu­diar con buenos ánimos y el cursillo, aunque caro, se encargó. Para mí es demasiado difícil, aunque me encantaría aprender latín.Para que yo también empezara con algo nuevo, papá le pidió a Kleiman una biblia para jóvenes, para que por fin me entere de al­gunas cosas del Nuevo Testamento.- ¿Le vas a regalar a Ana una biblia para Januká? -preguntó Margot algo desconcertada.-Pues... en fin, crea que será mejor que se la regale para San Nicolás -contestó papá. Y es que Jesús y Januká no tienen nada que ver.Como se ha roto la aspiradora, todas las noches me toca cepillar la alfombra con un viejo cepillo. Cierro la ventana, enciendo la luz, también la estufa, y paso el escobón. «Esto no puede acabar bien -pensé ya la primera vez-. Seguro que habrá quejas.» Y así fue: a mamá las espesas nubes de polvo que quedaban flotando en la habitación le dieron dolor de cabeza, el nuevo diccionario de la­tín de Margot se cubrió de suciedad, y Pim hasta se quejó de que el suelo no había cambiado en absoluto de aspecto. «A buen servi­cio mal galardón», como dice el refrán.La última consigna de la Casa de atrás es que los domingos la estufa se encienda a las siete y media, y no a las cinco y media de la mañana, como antes. Me parece una cosa peligrosa. ¿Qué van a pensar los vecinos del humo que eche nuestra chimenea?Lo mismo pasa con las cortinas. Desde que nos instalamos aquí, siempre han estado herméticamente cerradas. Pero a veces, a al­guno de los señores o a alguna de las señoras le viene el antojo de mirar hacia fuera un momento. El efecto: una lluvia de reproches.La respuesta: «¡Pero si no lo ve nadie!» Por ahí empiezan todos los descuidos. Que esto no lo ve nadie, que aquello no lo oye na­die, que a lo de más allá nadie le presta atención. Es muy fácil de­cirlo, ¿pero se corresponderá con la verdad? De momento las i disputas tempestuosas han amainado, sólo Dussel está reñido con J Van Daan. Cuando habla de la señora, no hace más que repetir las palabras «vaca idiota», «morsa» y «yegua»; viceversa, la señora califica al estudioso infalible de «vieja solterona», «damisela suscep­tible», etcétera. Dijo la sartén al cazo: ¡Apártate, que me tiznas!

Tu Ana
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