Miércoles, 12 de Enero de 1944

Querida Kitty:

Bep ya ha vuelto a la oficina hace quince días, aunque a su her­mana no la dejan ir al colegio hasta dentro de una semana. Ahora Bep ha estado dos días en cama con un fuerte catarro. Tampoco Miep y Jan han podido acudir a sus puestos de trabajo; los dos te­nían el estómago mal.De momento me ha dado por el baile y la danza y todas las no­ches practico pasos de baile con mucho empeño. Con una enagua de color violeta claro de Mansa me he fabricado un traje de baile supermoderno. Arriba tiene un lazo que cierra a la altura del pe­cho. Una cinta rosa ondulada completa el conjunto. En vano he intentado transformar mis zapatos de deporte en verdaderas zapa­tillas de baile. Mis endurecidos miembros van camino de recupe­rar su antigua flexibilidad. Un ejercicio que me encanta hacer es sentarme en el suelo y levantar las piernas en el aire cogiéndolas con las manos por los talones. Sólo que debo usar un cojín para sentarme encima, para no maltratar demasiado la rabadilla.En casa están leyendo un libro titulado Madrugada sin nubes. A mamá le pareció un libro estupendo porque describe muchos pro­blemas de los jóvenes. Con cierta ironía pensé que sería bueno que primero se ocupara de sus propias jóvenes...Creo que mamá piensa que la relación que tenemos Margot y yo con nuestros padres es de lo mejor, y que nadie se ocupa más de la vida de 'sus hijos que ellos. Con seguridad entonces que sólo se fija en Margot, porque creo que ella nunca tiene los mismos problemas o pensamientos que yo. De ningún modo quiero que mamá piense que para uno' de sus retoños las cosas son total­mente distintas de lo que ella se imagina, porque se quedaría estu­pefacta y de todas formas no sabría de qué otra manera encarar el asunto; quisiera evitarle el dolor que ello le supondría, sobre todo porque sé que para mí nada cambiaría. Mamá se da perfecta cuenta de que Margot la quiere mucho más que yo, pero cree que son rachas.Margot se ha vuelto más buena; me parece muy distinta a como era antes. Ya no es tan arisca y se está convirtiendo en una verda­dera amiga. Ya no me considera para nada una pequeñaja a la que no es necesario tener en cuenta.Es muy raro eso de que a veces yo misma me vea como a través de los ojos de otra persona. Observo lo que le pasa a una tal Ana Frank con toda parsimonia y me pongo a hojear en el libro de mi vida como si fuera ajeno.Antes, en mi casa, cuando aún no pensaba tanto, de vez en cuando me daba la sensación de no pertenecer a la misma familia que Mansa, Pim y Margot, y que siempre sería una extraña. En­tonces, a veces me hacía la huérfana como medio año, hasta que me castigaba a mí misma, reprochándome que sólo era culpa mía el que me hiciera la víctima, pese a encontrarme tan bien en reali­dad. A eso seguía un período en el que me obligaba a ser amable.Todas las mañanas, cuando oía pasos en la escalera, esperaba que fuera mamá que venía a darme los buenos días, y yo la sa­ludaba con buenas maneras, ya que de verdad me alegraba de que me mirara con buenos ojos. Después, a raíz de algún co­mentario, me soltaba un bufido y yo me iba al colegio con los ánimos por el suelo. En el camino de vuelta a casa la perdo­naba, pensaba que tal vez tuviera problemas, llegaba a casa ale­gre, hablando hasta por los codos, hasta que se repetía lo ocu­rrido por la mañana y yo salía de casa con la cartera del colegio, apesadumbrada. A veces me proponía seguir enfadada, pero al volver del colegio tenía tantas cosas que contar, que se me olvi­daba lo que me había propuesto y mamá no tenía más remedio que prestar atención a los relatos de mis andanzas. Hasta que volvían los tiempos en que por la mañana no me ponía a escu­char los pasos en la escalera, me sentía sola y por las noches bañaba de lágrimas la almohada.Aquí las cosas son aún peores; en fin, ya lo sabes. Pero ahora Dios me ha enviado una ayuda para soportarlas: Peter. Cojo mi colgante, lo palpo, le estampo un beso y pienso en que nada han de importarme las cosas, porque Petel está conmigo y sólo yo lo sé. Así podré hacer frente a cualquier bufido. ¿Sabrá al­guien en esta casa todo lo que le puede pasar por la mente a una adolescente?
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