Lunes, 28 de Septiembre de 1942


Querida Kitty:


Cuando todavía faltaba mucho para terminar mi carta de ayer, tuve que interrumpir la escritura. No puedo reprimir las ganas de informarte sobre otra disputa, pero antes de empezar debo con­tarte otra cosa: me parece muy curioso que los adultos se peleen tan fácilmente y por cosas pequeñas. Hasta ahora siempre he pen­sado que reñir era cosa de niños, y que con los años se pasaba. Claro que a veces hay motivo para pelearse en serio, pero las ren­cillas de aquí no son más que riñas de poca monta. Como están a la orden del día, en realidad ya debería estar acostumbrada a ellas. Pero no es el caso, y no lo será nunca, mientras sigan hablando de mí en casi todas las discusiones (ésta es la palabra que usan en lu­gar de riña, lo que por supuesto no está mal, pero la confusión es por el alemán). Nada, pero absolutamente nada de lo que yo hago les cae bien: mi comportamiento, mi carácter, mis modales, todos y cada uno de mis actos son objeto de un tremendo chismorreo y de continuas habladurías, y las duras palabras y gritos que me sueltan, dos cosas a las que no estaba acostumbrada, me los tengo que tragar alegremente, según me ha recomendado una autoridad en la materia. ¡Pero yo no puedo! Ni pienso permitir que me in­sulten de esa manera. Ya les enseñaré que Ana Frank no es nin­guna tonta, se quedarán muy sorprendidos y deberán cerrar sus bocazas cuando les haga ver que antes de ocuparse tanto de mi educación, deberían ocuparse de la suya propia. ¡Pero qué se han creído! ¡Vaya unos zafios! Hasta ahora siempre me ha dejado per­pleja tanta grosería y, sobre todo, tanta estupidez (de la señora Van Daan). Pero tan pronto como esté acostumbrada, y ya no falta mucho, les pagaré con la misma moneda. ¡Ya no volverán a hablar del mismo modo! ¿Es que realmente soy tan maleducada, tan terca, tan caprichosa, tan poco modesta, tan tonta, tan hara­gana, etc., etc., corno dicen los de arriba? Claro que no. Ya sé que tengo muchos defectos y que hago muchas cosas mal, ¡pero tam­poco hay que exagerar tanto! Si supieras, Kitty, cómo a veces me hierve la sangre cuando todos se ponen a gritar y a insultar de ese modo. Te aseguro que no falta mucho para que toda mi rabia con­tenida estalle.Pero basta ya de hablar de este asunto. Ya te he aburrido bas­tante con mis disputas, y sin embargo no puedo dejar de relatarte una discusión de sobremesa harto interesante.A raíz de no sé qué tema llegamos a hablar sobre la gran modestia de Pim. Dicha modestia es un hecho indiscutible, que hasta el más idiota no puede dejar de admitir. De repente, la señora Van Daan, que siempre tiene que meterse en todas las conversaciones, dijo:-Yo también soy muy modesta, mucho más modesta que mi marido.¡Habráse visto! ¡Pues en esta frase sí que puede apreciarse cla­ramente toda su modestia! El señor Van Daan, que creyó necesa­rio aclarar aquello de «que mi marido», replicó muy tranquila­mente:-Es que yo no quiero ser modesto. Toda mi vida he podido ver que las personas que no son modestas llegan mucho más lejos que las modestas.Y dirigiéndose a mí, dijo:-No te conviene ser modesta, Ana. No llegarás a ninguna parte siendo modesta.Mamá estuvo completamente de acuerdo con este punto de vista, pero la señora Van Daan, como de costumbre, tuvo que aña­dir su parecer a este tema educacional. Por esta única vez, no se dirigió directamente a mí, sino a mis señores padres, pronun­ciando las siguientes palabras:-¡Qué concepción de la vida tan curiosa la suya, al decirle a Ana una cosa semejante! En mis tiempos no era así, y ahora se­guro que tampoco lo es, salvo en una familia moderna como la suya.Esto último se refería al método educativo moderno, tantas ve­ces defendido por mamá. La señora Van Daan estaba coloradísima de tanto sulfurarse. Una persona que se pone colorada se altera cada vez más por el acaloramiento y por consiguiente lleva todas las de perder frente a su adversario.La madre no colorada, que quería zanjar el asunto lo antes posi­ble, recapacitó tan sólo un instante, y luego respondió:-Señora Van Daan, también yo opino ciertamente que en la vida es mucho mejor no ser tan modesta. Mi marido, Margot y Peter son todos tremendamente modestos. A su marido, a Ana, a usted y a mí no nos falta modestia, pero tampoco permitimos que se nos dé de lado.La señora Van Daan:-¡Pero señora, no la entiendo! De verdad que soy muy, pero que muy modesta. ¡Cómo se le ocurre llamarme poco modesta a mí!Mamá:-Es cierto que no le falta modestia, pero nadie la consideraría verdaderamente modesta.La señora:-Me gustaría saber en qué sentido soy poco modesta. ¡Si yo aquí no cuidara de mí misma, nadie lo haría, y entonces tendría que morirme de hambre, pero eso no significa que no sea igual de modesta que su marido!Lo único que mamá pudo hacer con respecto a esta autodefensa tan ridícula fue reírse. Esto irritó a la señora Van Daan, que conti­nuó su maravillosa perorata soltando una larga serie de hermosas palabras germano-holandesas y holando-germanas, hasta que la oradora nata se enredó tanto en su propia palabrería, que final­mente se levantó de su silla y quiso abandonar la habitación, pero entonces sus ojos se clavaron en mí. ¡Deberías haberlo visto! De­ safortunadamente, en el mismo momento en que la señora nos había vuelto la espalda, yo meneé burlonamente la cabeza, no a propósito, sino de manera más bien involuntaria, por haber estado siguiendo la conversación con tanta atención. La señora se volvió y empezó a reñirme en voz alta, en alemán, de manera soez y gro­sera, como una verdulera gorda y colorada. Daba gusto verla. Si supiera dibujar, ¡cómo me habría gustado dibujar a esa mujer ba­jita y tonta en esa posición tan cómica! De todos modos, he aprendido una cosa, y es lo siguiente: a la gente no se la conoce bien hasta que no se ha tenido una verdadera pelea con ella. Sólo entonces puede uno juzgar el carácter que tienen.

Tu Anne
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