Jueves, 2 de Marzo de 1944

Querida Kitty:

Margot y yo hemos estado hoy juntas en el desván, pero con ella no puedo disfrutar tanto como me había imaginado que dis­frutaría con Peter (u otro chico). Sé que siente lo mismo que yo con respecto a la mayoría de las cosas.Cuando estábamos fregando los platos, Bep empezó a hablar con mamá y con la señora Van Daan sobre su melancolía. ¿En qué la pueden ayudar aquellas dos? Particularmente mamá, siempre tan diplomática, hace que una salga de Guatemala y entre en Guatepeor. ¿Sabes qué le aconsejó? ¡Que pensara en toda la gente que sufre en este mundo! ¿De qué te puede servir pensar en la miseria de los demás cuanto tú misma te sientes miserable? Eso mismo fue lo que les dije. La respuesta, como te podrás imaginar, fue que yo no podía opinar sobre estas cosas.¡Qué idiotas y estúpidos son los mayores! Como si Peter, Margot, Bep y yo no sintiéramos todos lo mismo... El único remedio es el amor materno, o el amor de los buenos amigos, de los amigos de verdad. ¡Pero las dos madres de la casa no entienden ni pizca de nosotros! La señora Van Daan quizás aún entienda un poco más que mamá. ¡Ay, cómo me habría gustado decirle algo a la pobre Bep, algo que por experiencia sé que ayuda! Pero papá se inter­puso y me empujó a un lado de manera bastante ruda. ¡Son todos unos cretinos!Con Margot también he estado hablando sobre mamá y papá. ¡Qué bien lo podríamos pasar aquí, si no fuera porque siempre andan fastidiando! Podríamos organizar veladas en las que todos nos turnaríamos para hablar de algún tema interesante. ¡Pero hasta aquí hemos llegado, porque a mí justamente lo que menos me dejan es hablar!El señor Van Daan ataca, mamá se pone desagradable y no puede hablar de nada de manera normal, a papá no le gustan estas cosas, al igual que al señor Dussel, y a la señora siempre la atacan de tal modo que se pone toda colorada y casi no es capaz de de­fenderse. ¿Y nosotros? A nosotros no nos dejan opinar. Sí, son muy modernos: ¡No nos dejan opinar! Nos pueden decir que nos callemos la boca, pero no que no opinemos: eso es imposible. Na­die puede prohibir a otra persona que opine, por muy joven que ésta sea. A Bep, a Margot, a Peter y a mí sólo nos sirven mucho amor y comprensión, que aquí no se nos da a ninguno. Y nadie, sobre todo estos cretinos sabelotodos, nos comprende, porque somos mucho más sensibles y estamos mucho más adelantados en nuestra manera de pensar de lo que ellos remotamente puedan imaginarse.El amor. ¿Qué es el amor? Creo que el amor es algo que en reali­dad no puede expresarse con palabras. El amor es comprender a una persona, quererla, compartir con ella la dicha y la desdicha. Y con el tiempo también forma parte de él el amor físico, cuando se ha com­partido, se ha dado y recibido, y no importa si se está casado o no, o si es para tener un hijo o no. Si se pierde el honor o no, todo eso no tiene importancia; ¡lo que importa es tener a alguien a tu lado por el resto de tu vida, alguien que te comprende y que no tienes que com­partir con nadie!Tu Ana M. FrankMamá está nuevamente quejándose. Está claro que está celosa porque hablo más con la señora Van Daan que con ella. ¡Pues me da igual!Esta tarde por fin he podido estar con Peter. Hemos estado ha­blando por lo menos tres cuartos de hora. Le costaba mucho con­tarme algo sobre sí mismo, pero poco a poco se fue animando. Te aseguro que no sabía si era mejor irme o quedarme. ¡Pero es que tenía tantas ganas de ayudarle! Le conté lo de Bep y lo de la falta de tacto de nuestras madres. Me dijo que sus padres siempre an­dan peleándose, por la política, por los cigarrillos o por cualquier otra cosa. Como ya te he dicho, Peter es muy tímido, pero no tanto como para no confesarme que le gustaría dejar de ver a sus padres al menos dos años.-Mi padre no es tan buena persona como parece -dijo-, pero en el asunto de los cigarrillos, la que lleva toda la razón es mi madre.Yo también le hablé de mamá. Pero a papá, Peter lo defendía. Dijo que le parecía un «tipo fenomenal».Esta noche, cuando estaba colgando el delantal después de fre­gar los platos, me llamó y me pidió que no les contara a los míos que sus padres habían estado nuevamente riñendo y que no se ha­blaban. Se lo prometí, aunque ya se lo había contado a Margot. Pero estoy segura de que Margot no hablará.-No te preocupes, Peter -le dije-. Puedes confiar en mí. Me he impuesto la costumbre de no contarles tantas cosas a los de­más. De lo que tú me cuentas, no le digo nada a nadie.Eso le gustó. Entonces también le conté lo de los tremendos cotilleos en casa, y le dije:-Debo reconocer que tiene razón Margot cuando dice que miento, porque si bien digo que no quiero ser cotilla, cuando se trata de Dussel me encanta cotillear.-Eso está muy bien -dijo. Se había ruborizado, y su cumplido tan sincero casi me hace subir los colores a mí también.Luego también hablamos de los de arriba y los de abajo. Peter realmente estaba un poco sorprendido de que sigamos sin querer demasiado a sus padres.-Peter -le dije-, sabes que soy sincera contigo. ¿Por qué no habría de decírtelo? ¿Acaso no conocemos sus defectos también nosotros?Y también le dije:-Peter, me gustaría tanto ayudarte. ¿No puedo hacerlo? Tú es­tás entre la espada y la pared y yo sé que, aunque no lo dices, te tomas todo muy a pecho.-Siempre aceptaré tu ayuda.-Quizá sea mejor que consultes con papá. Él tampoco dice nada a nadie, le puedes contar tus cosas tranquilamente. -Sí, es un compañero de verdad.-Le quieres mucho, ¿verdad?Peter asintió con la cabeza y yo seguí hablando:-¡Pues él también te quiere a ti!Levantó la mirada fugazmente. Se había puesto colorado. De verdad era conmovedor ver lo contento que le habían puesto esas palabras.-¿Tú crees? -me preguntó.-Sí -dije yo-. Se nota por lo que deja caer de vez en cuando. Entonces llegó el señor Van Daan para hacernos un dictado. Peter también es un «tipo fenomenal», igual que papá.

Tu Ana M. Frank
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